domingo, 3 de mayo de 2026

Espacio seguro

Quiero ser tu espacio seguro, donde puedas llorar, reír y que se te olvide lo duro que a veces puede ser vivir.

Quiero ser, firme, como un muro,

no para encerrarte o frenarte,

sino para poder cobijarte

y que, en un futuro, al fin

te sientas libre de amar tu arte

y que si el destino lo quiere

puedan amarlo otros así.

Quiero ser tu espacio seguro,

que veas en mí tu baluarte,

que no te de miedo ser frágil,

ni de tus taras desnudarte.

Quiero ser tu espacio seguro

para que puedas sentir ira

y no el ansia de herir,

que puedas sentir tristeza,

y no el deseo de huir,

y que puedas sentir miedo

y que no te quieras rendir.

Quiero ser tu espacio seguro.

Así que ven a buscarme

porque yo te espero aquí.

sábado, 25 de abril de 2026

Menudencia sexta (La verdad)

—Bueno, ¿y entonces, cuál es la historia real?

—Esa.

—No. Dime la verdad.

—La verdad es esa. —... —Como tantas otras formas de contar la misma historia. La verdad es tan compleja que al final todo es mentira.

—No me vengas con esas. Hay una verdad.

—Pues entonces prefiero no hablar.


viernes, 24 de abril de 2026

Menudencia quinta (La calle)

Volviendo a casa, me tropiezo con dos chicas que bailan y cantan juntas como si más que beberse sus copas lo que quisieran es beberse el mundo. Me encanta ver lo mucho que se quieren y no termino de entender -creo que no termino de entender- los muchos colores que llenan sus melenas, sus ropas y sus brazos… pero aún así les sonrío, casi deseando que me sonrían de vuelta, antes de esquivarlas y correr a mi puerta.

Subo.

Dejo las bolsas en la cocina. Abro el armario. Lo cierro. Suspiro. No sé qué hacer para cenar. Comería cualquier cosa, pero no es tan fácil. Seguro que quiere carne.

Cierro la ventana. Ruido infernal de gente de verbena. No lo soporto. Cuando no es una procesión, un mercadillo. Siempre tienen motivos para un follón.

Voy a la habitación. La pintura está vieja. Espera. Esos son humedades. Respiro. Necesito ir al baño. Respiro. El espejo está sucio. Le tocaba limpiarlo hoy. Yo ya he hecho el salón. 

Necesito beber. Abro la nevera. No hay cerveza. Claro. Salí por ella y sin ella he vuelto. Pego un portazo.

Junto a la puerta del supermercado de mi calle, un grupo de música se ha apontocado para hacer vibrar la fiesta y me río por cómo el bajista y la baterista parecen estar contándose un chiste con la mirada mientras el guitarra se esfuerza en parecer relajado al dar las notas más altas.

Me entretengo saludando a mi vecina, la viuda del primero, que me recuerda que le debo una merienda y no puedo más que reírme porque los dos sabemos que no puede tomar azúcar ni cafeína ni comer a ciertas horas. Le prometo, sin embargo, que bajaré a ayudarle a arreglar la tele, que está muy fea, dice, y de todos modos no se entera, pero a ella le gusta ver la serie esa con los vestidos tan preciosos, esa de época tan maravillosa-

La interrumpo. Mi alarma nos interrumpe. Tengo que hacer la cena. Pero el qué. No tenía nada arriba. Ni cerveza. Ay, la cerveza. Vuelvo. Entro. Salgo. Pediremos algo. No quiero otra hamburguesa. O sí. Es más fácil.

Desde la puerta de casa, vuelvo a ver la pareja de antes, que ahora van muy juntitas, casi como si quisieran ser una nada más o más bien siéndolo, y que van de camino a algún lugar donde poder bailar mejor. Ojalá les pudiera recomendar un sitio, o mejor, miles, donde poder irse a hacer de todo menos estar en casa.

Vuelvo a casa. No hago la cena. Respiro. Hago la maleta.



domingo, 19 de abril de 2026

Un amigo

La otra noche, un amigo sufrió una crisis junto a mí.

Tuvimos que salir corriendo del bar y seguir andando sin destino. No sabíamos hacia dónde ir, pero sí de dónde alejarnos.

Cuando ya llevábamos un rato sentados de nuevo, lloró.

Y cuando lloró, yo escuché un llanto que pensaba que era solo mío. Un cortarse la respiración que pensaba que me pertenecía. Le escuché echarse la culpa como a mí más me gusta hacer.

La otra noche lloré por un amigo y por mí mismo y, después, la vida siguió.

sábado, 11 de abril de 2026

Si quieres, puedes hacer aquí una lectura sobre inmigración, feminismo, objetivización, responsabilidad afectiva, o básicamente cualquier cosa que te haga un poquito triste

Paseando con mi amigo, al que hace tiempo que no veo, en una ciudad que nunca fue mía; veo una bandada de pájaros bañándose en los charcos de un aparcamiento.

    Le pregunto qué pájaros son esos, como hipnotizado por sus colores, su canto, por cómo juegan entre ellos, llenos de vida.

    Me responde con desdén, a la bulla, que es una plaga nueva de la ciudad. Hay demasiados, dice. No son de aquí, sugiere.

    Ahora ya sé, porque necesité buscarlo, que son cotorras. Cotorritas.

    Un animal que pertenecía a alguien, cuyo destino era ser un bien preciado, lleno de color, amado por su obediencia y belleza.

    Ahora juegan, salvajes, en los charcos embarrados de una lluvia impertérrita, manchando sus colores de un pardo que les parece proteger mientras se quieren unos a otros. Se quieren porque son los unos de los otros.

    Digo que quiero volver a por mi libreta porque quiero escribirles un poema, pero, ¿qué puedo yo hacer si el poema ya son ellos mismos?

El anillo

Te preguntan cómo estás. Respondes que bien. Tu pulgar, sin embargo, ya está rascando tu anular. Como un perro rascando la puerta.

    Te marchas. No quieres que te pidan más explicaciones. Consigues pensar en otra cosa. Qué harás para cenar. Por qué es tan difícil cocinar para una sola persona. Cómo sería vivir sin tanto plástico.

    Pasa el tiempo. Te preguntan cómo estás. Respondes que muy bien. Porque has dormido. Porque no te duele la cabeza. Pero tu pulgar vuelve a rascar tu anular. Como un sepulturero cavando una tumba.

    Te distraes. Dejas de escuchar y te miras el dedo. Todavía la puedes ver: una sombra pálida. Fantasmal.

    Te costó mucho tiempo quitártelo. Te costó sufrirlo mientras seguía ahí. No puedes dejar de buscarlo.

    Aunque sabes dónde está. Aunque tú lo guardaste allí. Aunque tú lo condenaste a ese encierro en la oscuridad.

    Pasa más tiempo. Ya no te preguntan. Ves a alguien vendiendo alhajas por las terrazas. No valen mucho y menos vale el pasado, te planteas.

    Te preguntas cómo estás, vacilándote a ti mismo. Sonríes. Has vuelto a bromear a solas. Sigues estando sólo bien. Como cuando rascabas puertas y cavabas fosas. Como cuando llorabas con canciones alegres.

    Pero al menos ahora tu pulgar puede jugar con un anillo nuevo.


lunes, 6 de abril de 2026

De un ejercicio de taller, en el que mi cuerpo era territorio

En todo país existe un ejército pero, en este desierto que es mi cuerpo, más que el pacifismo, se practica la indefensión.

He aprendido a digerir lento,

a jugar con las manos

para que los puños ni asomen

y a que mis piernas adopten 

una postura

de aparente relajación.


He aprendido a sonreír al insulto

y a dar indulto 

a cualquier intento

de faltarme al respeto

o herirme el amor.


Porque, ¿qué amor 

pueden herir

si no me quiero ni yo?


Viniste a mí, 

sin saberlo los dos,

a conquistar mi cuerpo,

mi tierra, mi cielo.

A hacer tuyo 

mi corazón.


Decías que te gustaban 

lo que ahora entiendo

que eran montañas sinuosas,

aunque siempre fueron,

para mí, tortuosas 

cumbres de desolación.


¿Cómo osa esta persona extranjera,

pretender salvar cualquier cosa, 

de esta profunda fosa que es mi desesperación?


Lo siento,

aún no lo entiendo,

¿qué amor

puedes sentir

si no me quiero ni yo?

jueves, 19 de marzo de 2026

Del doce de febrero

He conseguido llorar solo.
Creo que no lo hago 
para darle pena a nadie.

Sin embargo,
me enfrento a un enemigo mayor.

Porque me hallo en desconsuelo.
Miro arriba y solo veo el suelo.
No respiro, ni me miro, porque duelo.
Ya hace tiempo que no vuelo.

Ya lo tengo.
¿Es esto lo que quería?

Ya te estoy guardando duelo.

lunes, 16 de marzo de 2026

El pasado sábado

El pasado sábado sucedió
el fin del fin del mundo 
(o eso daba la sensación).

Ya no hay un sólo tú poético
y se me aligera la respiración.

El pasado sábado grité,
lloré y me pidieron perdón.

Sabe demasiado fuerte
lo amargo de la retribución,
pero ayuda acompañarlo
con ese viejo dulzor
que es tu presencia.

El pasado sábado
estaba peor
y, ahora,
aunque sea lunes,
estoy algo mejor.

jueves, 29 de enero de 2026

Menudencia cuarta (Protagonista)

    Yo no quería convertirme en un personaje de ficción. No quería y no quiero. Ahora toda mi vida se convertirá en mero contexto. Yo no «me las apaño con la cocina». Lo intento día a día y es la única manera de sobrellevar el-

    ¡Que no!

sábado, 29 de marzo de 2025

Menudencia tercera (Cosardillas)

Considérese a las cosardillas. Animales completamente imaginarios, inventados y, en definitiva, inexistentes. Una no tendría por qué sentir el más mínimo miedo de que la descubran. Si no existes, no te pueden descubrir; se diría una cosardilla. Si existiera. Aunque no lo hace.


Sin embargo, una cosardilla lo suficientemente desventurada para acabar junto a la tanteante mano de un joven humano también podría considerar que, aún sin descubrirla, la podrían atrapar. Sin descubrirla, podrían pensar que es una ardilla mundana y ordinaria y, una vez más, sin descubrirla; podrían estrujarla de puro susto. Susto de ambos, cabría matizar.


Una cosardilla, en el hipotético e imposible caso de existir, podría entonces pensar que su única salida es la guerra y que más vale morir como una valiente y ligeramente inexistente cosardilla que vivir como como una cobarde y totalmente inexistente cosardilla.




Simón, alertado por la súbita presencia de lo que llevaba un rato convenciéndose de que no podía existir, retiró la mano lentamente del agujero.


– ¿Has encontrado algo? – Preguntó Sara, asustada.

– ¿Eh? Ah, mm… no, no. No hay nada ahí dentro que agarrar.

– ¡Oye! ¡Te sangra el dedo!


miércoles, 4 de diciembre de 2024

To J.R.R.

Before I met her,

my stories were

practically always

about one thing,

really, weren't they?

Love.

The inevitability of love.

sábado, 1 de junio de 2024

Reflejo de un poema

 Gracias por escucharme.


Plateado y exacto.
Sin prejuicios.
No cruel, sincero.
De un pequeño dios de cuatro ángulos
veo el ojo.

Es un orbe profundo e ilusorio
que urde ante mí el reflejo
que veo surgiendo en el espejo.
Es mi sueño, gastado repertorio.

Sin poder salir de un sueño,
sin imitar ese insaciable hambre,
sin describir lo más pequeño
porque no puedo escribir a lo grande.

Para poder serme sincero
aprendí a acallar los peros
y, como no me lo creía,
me dije que me quiero.

Soy débil y me tengo miedo.

Oso mimoso
yo soy.
Orar raro
yo soy.
Ateo poeta
yo soy.


O-R-E-M-I-F-E



No sabía cómo mirarme,
así que traté de ponerme frente a frente
contra un espejo.
No fue suficiente.
Añadí otro espejo
Y en él, demente,
vi el reflejo de un reflejo.

Resulta evidente
que no soy diferente
a la irreverente corriente
de los residentes  de este nuestro presente.

Echadle un vistazo
a mi mente:




E-F-Í-M-E-R-O


Yo soy
ateo poeta.
Yo soy
orar raro.
Yo soy
oso mimoso.

Soy débil y me tengo miedo.

Me dije que me quiero
y, como no me lo creía,
aprendí a acallar los peros
para poder serme sincero.

Porque no puedo escribir a lo grande
sin describir lo más pequeño,
sin imitar ese insaciable hambre,
sin poder salir de un sueño.


Es mi sueño gastado repertorio que veo surgiendo en el reflejo que urde ante mí el espejo. Es un orbe profundo e ilusorio.

Veo el ojo
de un pequeño dios de cuatro ángulos.
No cruel, sincero. Sin prejuicios.

Plateado y exacto.



Gracias por escucharme.

sábado, 18 de mayo de 2024

Por qué no elucubro

    En múltiples ocasiones, a lo largo de mi no tan extensa vida, me he topado con unos y otros elucubrando acerca del pasado y su influencia en el presente, el futuro y, ya puestos, en el destino en general.

    <<Si no me hubiese casado con mi pareja, ahora sería una persona distinta y más feliz.>>
    <<Si me hubiera tocado ese premio, ahora mis problemas serían más livianos.>>
    <<Si no me hubiera equivocado con el trabajo, mi futuro sería mucho más tranquilo.>>

    ¿Y tú qué sabes?

    A ver, no digo que no se puedan elucubrar cambios pequeños del, llamémosle, destino. Puedo vaticinar con cierta confianza que, si no me hubiera sonado hoy la alarma, me habría quedado durmiendo bastante tiempo más, de la misma manera que, si no llego a tener la comida preparada al volver a casa, probablemente habría comido menos y de peor calidad.

    Vale, hasta ahí bien.

    ¿Pero merece la pena detenerse en el pasado? ¿Merece nuestro tiempo de vida en el presente jugar a observar irrealidades de mundos alternativos que no son más que fruto de nuestra desazón en el presente? ¿Podríamos llegar nunca a cambiar nada de lo que ya ha pasado?

    El hecho de que sepamos cómo resultó un evento del pasado ahora que ya ha sucedido no implica que siempre sepamos con seguridad lo que podría haber sucedido con otros factores alterando el curso. Vale, podrías estar mejor. ¡O podrías estar peor! La cuestión es que no serías el tú que eres ahora, ¿no?

    Filósofos estoicos como Marco Aurelio o Epicteto lucharon (sin alterarse, eso sí) constantemente contra este tipo de engaños del subconsciente que nos impiden disfrutar de la vida que tenemos, por mala que sea. Es decir, abogaban por aceptar el presente y resignarse ante lo inevitable (aunque eso pueda llevar a los poco virtuosos a resignarse ante otras cosas sí evitables).

    Muchas otras corrientes filosóficas, aún si no las conozco tanto yo mismo, me apoyan en mi empeño: el existencialismo, el pragmatismo, el nihilismo... La religión budista encuentra el pasado como sólo una ilusión tentadora y, según le permitamos, perniciosa. Decía Buda Gautama:

    <<No insistas en el pasado, no sueñes en el futuro, concentra tu mente en el momento presente>>

    No extenderé mucho más esta publicación para defender mi postura, pero sí me gustaría mucho terminar con mi más queridísimo autor de fantasía, Terry Pratchett, al que le debo risas y lágrimas y que, con sus enseñanzas póstumas, me acompaña. Hace poco leí en Lores y damas, el decimocuarto libro de su saga de Mundodisco, un fragmento que reflejaba esta idea de forma soberana:

    <<—¿Nunca te has preguntado cómo habría sido la vida si hubieras dicho sí? —quiso saber Ridcully.
    —No.
    —Supongo que habríamos echado raíces en algún sitio y tenido hijos, nietos, esa clase de cosas…
Yaya se encogió de hombros. Era la clase de cosa que decían los idiotas románticos. Pero aquella noche había algo en el aire…
    —¿Y el incendio qué? —dijo.
    —¿Qué incendio?
    —El que consumió nuestra casa justo después de nuestra boda. El que nos mató a los dos.
    —¿Qué incendio? No sé nada de ningún incendio.
    Yaya se volvió hacia él.
    —¡Claro que no! No ocurrió. Pero lo importante es que podría haber ocurrido. No puedes decir que si esto no ha ocurrido entonces habría ocurrido aquello otro, porque no sabes todo lo que podría haber ocurrido. Puedes pensar que algo habría estado muy bien, pero por lo que sabes podría haber resultado horrible. No puedes decir «Ah, si yo hubiera…» porque entonces podrías estar deseando cualquier cosa. Lo importante es que nunca lo sabrás. Lo has dejado atrás, así que no sirve de nada pensar en ello. Por eso no pienso en ello.>>

viernes, 17 de mayo de 2024

Me gustaría a escribir poemas aprender

Me gustaría a escribir poemas aprender.

Pero si con la poesía
no diría
todo lo que este alma mía
siente por tu ser...
¿Qué diría?
¿De qué valdría?
¿Qué podrían
palabras lentas y profanas
a tu oído ausente parecer? 

He estudiado
a Neruda, a Garcilaso
y ya de paso,
a Cernuda y a algún francés.
Me he entretenido con Miguel Ángel
y con Picasso,
aunque no venga al caso,
porque ya puestos...
ya... ¿pa' qué?

Y así mi ser,
me he metido en la mimética,
emulando su fonética
y a veces hasta su métrica
para de sus cantos beber...

Pero me desdigo con mi técnica
¿No parece, más que estética,
un trabajo de esteticién?
(Perdón, lo digo sin ofender.)

Me gustaría a escribir poemas aprender.
No por vanagloriarme
ni méritos darme.
Ya ves que no consigo
cuatro rimas juntas tejer.

Pero es que
¿y si no, cómo te digo,
que tus palabras son mi abrigo,
que sin ti yo me fatigo
y por desgracia ya me olvido
de cómo decir suspigo?
¿Que en tu ausencia me desmigo
y en tu presencia fuerte sigo,
y que un futuro contigo
no sé rimar si no es conmigo?

Me gustaría a escribir poemas aprender,
pero con que sepas que te quiero
creo que me conformaré. 

domingo, 12 de mayo de 2024

Una de piratas: Capítulo Dos 🏴‍☠️

 

<<Si fue la mar quien dio luz a mi infancia,

que sea la mar quien me vea morir.>>

La canción del pirata. Suburbano. 

 


Oleadas que giraban en caracolas rojas hacían a Nuño girar y girar. Quiso mover sus brazos pero se dio cuenta que se habían convertido en agua y no puedo levantar la cabeza porque la tenía hundida. Quiso hablar, pero alguien besó sus labios y su lengua se convirtió en sal. Quiso abrir los ojos y sólo pudo ver unos ojos verdes que lo atravesaban.
Nuño levantó la cabeza con tanta fuerza que casi rodó al suelo desde la cama. Entornó los ojos mientras miraba a su alrededor, una especie de habitación de enfermería. Desde la ventana entraba el sonido de las olas chocando contra el casco de un barco y varias órdenes yendo y viniendo. Estaba… vivo.
El joven se levantó poco a poco, gruñendo al recordarle su cuerpo que no se había levantado de cualquier siesta en el Atlántico, pero no le dio mucho tiempo antes de que alguien entrara por la puerta.
— Ah, veo que ya está despierto —.Nuño abrió sus ojos todo lo posible al ver entrar por la puerta al capitán Rodrigo Bassa i Timoneda, tomándose dos segundos de más antes de saludarle adecuadamente.
El capitán Bassa i Timoneda, apodado maliciosamente como el Basso, era famoso por tener el aspecto de una morsa y la fuerza de tres. No era, sin embargo, su habitual sonrisa lo que poblaba su cara hoy.
— Despierto y listo para lo que se exija de mí, mi capitán —respondió Nuño al momento, rígido como un mástil—. No sabía qué nave me había rescatado, pero me alegra que haya sido la suya. Después de todo, estaba previsto que nos encontráramos aún en otras circunstancias.
— Descanse, mayor, que le van a hacer falta las energías —le interrumpió el capitán antes de que Nuño siguiera hablando. Don Rodrigo mostraba el ceño fruncido y las manos, detrás de la espalda, daban a entender su nerviosismo mejor que nada.
Nuño obedeció, reticente, y observó cómo su capitán se daba un par de vueltas por la pequeña habitación mientras él esperaba sentado. Don Rodrigo cerró la ventana y se ajustó el sombrero mientras carraspeaba justo antes de ponerse otra vez frente a Nuño.
— Mira, Nuño, estamos en un brete peculiar. No sé qué se te da mejor, si arriesgar la vida en el mar o sobrevivir por los pelos.
— Mi capitán, los piratas…
— ¡Ay, los piratas! Si sólo hubiese sido cualquier pirata, Nuñito —.Don Rodrigo mostraba un rostro cada vez más rojo mientras se arrancaba unos pelos del bigote—. Mi propio barco vio al tuyo caer en muy poco tiempo, apenas si pudimos encontrarte inconsciente. Ya sabemos todo lo que pasó, pero, ¿lo sabes tú?
Nuño vaciló unos segundos, mirando a los lados, y negó con la cabeza, pero inmediatamente abrió los ojos para encararse al capitán, que ya volvía hacia la ventana para abrirla.
— ¡Los prisioneros! ¡Kavell anda detrás del tesoro de Montelima!
Don Rodrigo tomó aire y se detuvo un momento, mirando fijamente a su subordinado. Abrió y cerró el puño una vez antes de volver a hablar:
— Suboficial mayor Expósito, es mi deber informarte, en ausencia de tu anterior superior, que en paz descanse; que tu ascenso a alférez se verá postergado indefinidamente —.Mientras el capitán hablaba, ahora con un tono aún más frío, Nuño sintió cómo le fallaban las rodillas—. Volverás a Cádiz, a realizar allí lo que te queda de servicio hasta que se solucione la situación en la que se ha visto metida la Armada.
Nuño volvió la mirada hacia arriba.
— ¿Cádiz? ¿A tierra? —Su voz se elevaba al tiempo que él se incorporaba de nuevo —. ¿Por qué estoy siendo castigado? ¡Mi capitán, no me mande de vuelta a tierra!
— Silencio, mayor —.El tono y el rostro del capitán Bassa y Timoneda se habían vuelto de un frío que ardía—. Es precisamente esa insubordinación la que tantos problemas te ha traído siempre. Esa necesidad de servir de la forma más libre posible. Acatarás mis órdenes en tierra o no acatarás ninguna nunca más.
No fue hasta entonces que a Nuño se le terminó de afilar la lengua.
— Esto es como hace años —dijo él, apretando los puños—. Si por pocas sobrevivo en el mar y parece que sea culpa mía. No hace tanto tiempo de que tú mis-
— No me replique, mayor, que esto no es un juego. No sólo peligra su ascenso, sino también su degradación inmediata —le cortó rápidamente don Rodrigo. Si bien antes parecía nervioso, ahora estaba más quieto que un peñón en el mar y su rostro rojo tras aquel bigote.
Nuño se vio obligado a callar y agachar la cabeza, vencido.
El capitán Timoneda i Bassa se recolocó el sombrero, soltó aire por la nariz y vadeó a Nuño para dirigirse hasta la puerta.
— Mi capitán, por favor —susurró Nuño pero, escuchándose a sí mismo, se recompuso un momento más.
— Nuño…
— Permítame redimirme. Lo que quiera que sea. No le pido que me acoja en su tripulación, pero sé que puedo hacer algo para pararle los pies al Temido —.Nuño caminó hasta la puerta para interponerse entre ésta y el Basso, dejando que su cara reflejara su angustia por evitar volver a la península—. Le he visto. He visto a su tripulación y he visto parte de su técnica. Puedo ayudar.
— Muy poco, muy tarde —respondió don Rodrigo suspirando—. Esos hijos de medusa habrán corrido a esconderse a Tortuga y no podemos llevar allí ningún barco de este calibre, mucho menos con una bandera española.
A Nuño se le abrieron los ojos conforme vio un rayo de luz antes de ahogarse.
— ¡Mi capitán! ¡Esa es la solución! —Nuño saludó mirando al techo antes de terminar de apostarlo todo, como si de los dados dependiera su vida—. Permítame ir a Tortuga yo mismo. Cogeré una barca pequeña y sacaré de allí al barco del Temido. Es mi obligación.
— ¿Estás loco? Si vas allí solo, lo único que conseguirás es que te maten.
— Merece la pena intentarlo, mi capitán —.Nuño se mordió la lengua para no soltar que no quería vivir una vida en tierra si podía vivir junto al mar—. Por mi honor y por el Imperio.
— No creas que no te conozco —don Rodrigo levantó un dedo en advertencia, mirándole de cerca amenazadoramente—, a ti el Imperio no te importa un percebe mal pegado.


Dos días después, en un puerto no muy lejano, una aprovisionada barca pequeña se despedía de un galeón español dirección a Saint-Domingue.