En múltiples ocasiones, a lo largo de mi no tan extensa vida, me he topado con unos y otros elucubrando acerca del pasado y su influencia en el presente, el futuro y, ya puestos, en el destino en general.
<<Si no me hubiese casado con mi pareja, ahora sería una persona distinta y más feliz.>>
<<Si me hubiera tocado ese premio, ahora mis problemas serían más livianos.>>
<<Si no me hubiera equivocado con el trabajo, mi futuro sería mucho más tranquilo.>>
¿Y tú qué sabes?
A ver, no digo que no se puedan elucubrar cambios pequeños del, llamémosle, destino. Puedo vaticinar con cierta confianza que, si no me hubiera sonado hoy la alarma, me habría quedado durmiendo bastante tiempo más, de la misma manera que, si no llego a tener la comida preparada al volver a casa, probablemente habría comido menos y de peor calidad.
Vale, hasta ahí bien.
¿Pero merece la pena detenerse en el pasado? ¿Merece nuestro tiempo de vida en el presente jugar a observar irrealidades de mundos alternativos que no son más que fruto de nuestra desazón en el presente? ¿Podríamos llegar nunca a cambiar nada de lo que ya ha pasado?
El hecho de que sepamos cómo resultó un evento del pasado ahora que ya ha sucedido no implica que siempre sepamos con seguridad lo que podría haber sucedido con otros factores alterando el curso. Vale, podrías estar mejor. ¡O podrías estar peor! La cuestión es que no serías el tú que eres ahora, ¿no?
Filósofos estoicos como Marco Aurelio o Epicteto lucharon (sin alterarse, eso sí) constantemente contra este tipo de engaños del subconsciente que nos impiden disfrutar de la vida que tenemos, por mala que sea. Es decir, abogaban por aceptar el presente y resignarse ante lo inevitable (aunque eso pueda llevar a los poco virtuosos a resignarse ante otras cosas sí evitables).
Muchas otras corrientes filosóficas, aún si no las conozco tanto yo mismo, me apoyan en mi empeño: el existencialismo, el pragmatismo, el nihilismo... La religión budista encuentra el pasado como sólo una ilusión tentadora y, según le permitamos, perniciosa. Decía Buda Gautama:
<<No insistas en el pasado, no sueñes en el futuro, concentra tu mente en el momento presente>>
No extenderé mucho más esta publicación para defender mi postura, pero sí me gustaría mucho terminar con mi más queridísimo autor de fantasía, Terry Pratchett, al que le debo risas y lágrimas y que, con sus enseñanzas póstumas, me acompaña. Hace poco leí en Lores y damas, el decimocuarto libro de su saga de Mundodisco, un fragmento que reflejaba esta idea de forma soberana:
<<—¿Nunca te has preguntado cómo habría sido la vida si hubieras dicho sí? —quiso saber Ridcully.
—No.
—Supongo que habríamos echado raíces en algún sitio y tenido hijos, nietos, esa clase de cosas…
Yaya se encogió de hombros. Era la clase de cosa que decían los idiotas románticos. Pero aquella noche había algo en el aire…
—¿Y el incendio qué? —dijo.
—¿Qué incendio?
—El que consumió nuestra casa justo después de nuestra boda. El que nos mató a los dos.
—¿Qué incendio? No sé nada de ningún incendio.
Yaya se volvió hacia él.
—¡Claro que no! No ocurrió. Pero lo importante es que podría haber ocurrido. No puedes decir que si esto no ha ocurrido entonces habría ocurrido aquello otro, porque no sabes todo lo que podría haber ocurrido. Puedes pensar que algo habría estado muy bien, pero por lo que sabes podría haber resultado horrible. No puedes decir «Ah, si yo hubiera…» porque entonces podrías estar deseando cualquier cosa. Lo importante es que nunca lo sabrás. Lo has dejado atrás, así que no sirve de nada pensar en ello. Por eso no pienso en ello.>>
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