domingo, 12 de mayo de 2024

Una de piratas: Capítulo Dos 🏴‍☠️

 

<<Si fue la mar quien dio luz a mi infancia,

que sea la mar quien me vea morir.>>

La canción del pirata. Suburbano. 

 


Oleadas que giraban en caracolas rojas hacían a Nuño girar y girar. Quiso mover sus brazos pero se dio cuenta que se habían convertido en agua y no puedo levantar la cabeza porque la tenía hundida. Quiso hablar, pero alguien besó sus labios y su lengua se convirtió en sal. Quiso abrir los ojos y sólo pudo ver unos ojos verdes que lo atravesaban.
Nuño levantó la cabeza con tanta fuerza que casi rodó al suelo desde la cama. Entornó los ojos mientras miraba a su alrededor, una especie de habitación de enfermería. Desde la ventana entraba el sonido de las olas chocando contra el casco de un barco y varias órdenes yendo y viniendo. Estaba… vivo.
El joven se levantó poco a poco, gruñendo al recordarle su cuerpo que no se había levantado de cualquier siesta en el Atlántico, pero no le dio mucho tiempo antes de que alguien entrara por la puerta.
— Ah, veo que ya está despierto —.Nuño abrió sus ojos todo lo posible al ver entrar por la puerta al capitán Rodrigo Bassa i Timoneda, tomándose dos segundos de más antes de saludarle adecuadamente.
El capitán Bassa i Timoneda, apodado maliciosamente como el Basso, era famoso por tener el aspecto de una morsa y la fuerza de tres. No era, sin embargo, su habitual sonrisa lo que poblaba su cara hoy.
— Despierto y listo para lo que se exija de mí, mi capitán —respondió Nuño al momento, rígido como un mástil—. No sabía qué nave me había rescatado, pero me alegra que haya sido la suya. Después de todo, estaba previsto que nos encontráramos aún en otras circunstancias.
— Descanse, mayor, que le van a hacer falta las energías —le interrumpió el capitán antes de que Nuño siguiera hablando. Don Rodrigo mostraba el ceño fruncido y las manos, detrás de la espalda, daban a entender su nerviosismo mejor que nada.
Nuño obedeció, reticente, y observó cómo su capitán se daba un par de vueltas por la pequeña habitación mientras él esperaba sentado. Don Rodrigo cerró la ventana y se ajustó el sombrero mientras carraspeaba justo antes de ponerse otra vez frente a Nuño.
— Mira, Nuño, estamos en un brete peculiar. No sé qué se te da mejor, si arriesgar la vida en el mar o sobrevivir por los pelos.
— Mi capitán, los piratas…
— ¡Ay, los piratas! Si sólo hubiese sido cualquier pirata, Nuñito —.Don Rodrigo mostraba un rostro cada vez más rojo mientras se arrancaba unos pelos del bigote—. Mi propio barco vio al tuyo caer en muy poco tiempo, apenas si pudimos encontrarte inconsciente. Ya sabemos todo lo que pasó, pero, ¿lo sabes tú?
Nuño vaciló unos segundos, mirando a los lados, y negó con la cabeza, pero inmediatamente abrió los ojos para encararse al capitán, que ya volvía hacia la ventana para abrirla.
— ¡Los prisioneros! ¡Kavell anda detrás del tesoro de Montelima!
Don Rodrigo tomó aire y se detuvo un momento, mirando fijamente a su subordinado. Abrió y cerró el puño una vez antes de volver a hablar:
— Suboficial mayor Expósito, es mi deber informarte, en ausencia de tu anterior superior, que en paz descanse; que tu ascenso a alférez se verá postergado indefinidamente —.Mientras el capitán hablaba, ahora con un tono aún más frío, Nuño sintió cómo le fallaban las rodillas—. Volverás a Cádiz, a realizar allí lo que te queda de servicio hasta que se solucione la situación en la que se ha visto metida la Armada.
Nuño volvió la mirada hacia arriba.
— ¿Cádiz? ¿A tierra? —Su voz se elevaba al tiempo que él se incorporaba de nuevo —. ¿Por qué estoy siendo castigado? ¡Mi capitán, no me mande de vuelta a tierra!
— Silencio, mayor —.El tono y el rostro del capitán Bassa y Timoneda se habían vuelto de un frío que ardía—. Es precisamente esa insubordinación la que tantos problemas te ha traído siempre. Esa necesidad de servir de la forma más libre posible. Acatarás mis órdenes en tierra o no acatarás ninguna nunca más.
No fue hasta entonces que a Nuño se le terminó de afilar la lengua.
— Esto es como hace años —dijo él, apretando los puños—. Si por pocas sobrevivo en el mar y parece que sea culpa mía. No hace tanto tiempo de que tú mis-
— No me replique, mayor, que esto no es un juego. No sólo peligra su ascenso, sino también su degradación inmediata —le cortó rápidamente don Rodrigo. Si bien antes parecía nervioso, ahora estaba más quieto que un peñón en el mar y su rostro rojo tras aquel bigote.
Nuño se vio obligado a callar y agachar la cabeza, vencido.
El capitán Timoneda i Bassa se recolocó el sombrero, soltó aire por la nariz y vadeó a Nuño para dirigirse hasta la puerta.
— Mi capitán, por favor —susurró Nuño pero, escuchándose a sí mismo, se recompuso un momento más.
— Nuño…
— Permítame redimirme. Lo que quiera que sea. No le pido que me acoja en su tripulación, pero sé que puedo hacer algo para pararle los pies al Temido —.Nuño caminó hasta la puerta para interponerse entre ésta y el Basso, dejando que su cara reflejara su angustia por evitar volver a la península—. Le he visto. He visto a su tripulación y he visto parte de su técnica. Puedo ayudar.
— Muy poco, muy tarde —respondió don Rodrigo suspirando—. Esos hijos de medusa habrán corrido a esconderse a Tortuga y no podemos llevar allí ningún barco de este calibre, mucho menos con una bandera española.
A Nuño se le abrieron los ojos conforme vio un rayo de luz antes de ahogarse.
— ¡Mi capitán! ¡Esa es la solución! —Nuño saludó mirando al techo antes de terminar de apostarlo todo, como si de los dados dependiera su vida—. Permítame ir a Tortuga yo mismo. Cogeré una barca pequeña y sacaré de allí al barco del Temido. Es mi obligación.
— ¿Estás loco? Si vas allí solo, lo único que conseguirás es que te maten.
— Merece la pena intentarlo, mi capitán —.Nuño se mordió la lengua para no soltar que no quería vivir una vida en tierra si podía vivir junto al mar—. Por mi honor y por el Imperio.
— No creas que no te conozco —don Rodrigo levantó un dedo en advertencia, mirándole de cerca amenazadoramente—, a ti el Imperio no te importa un percebe mal pegado.


Dos días después, en un puerto no muy lejano, una aprovisionada barca pequeña se despedía de un galeón español dirección a Saint-Domingue.


No hay comentarios:

Publicar un comentario