En el primer funeral al que asistió, Tábita se rio más de lo que recordaba haberlo hecho nunca, lo cual parecía raro para una niña de diez años a la que se le acaba de morir su padre. En una habitación aislada del velatorio, él le insistía en que siempre la acompañaría y que, no porque ya no pudieran abrazarse, él la quería menos. Qué papá más tontorrón tenía.
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