sábado, 25 de abril de 2026

Menudencia sexta (La verdad)

—Bueno, ¿y entonces, cuál es la historia real?

—Esa.

—No. Dime la verdad.

—La verdad es esa. —... —Como tantas otras formas de contar la misma historia. La verdad es tan compleja que al final todo es mentira.

—No me vengas con esas. Hay una verdad.

—Pues entonces prefiero no hablar.


viernes, 24 de abril de 2026

Menudencia quinta (La calle)

Volviendo a casa, me tropiezo con dos chicas que bailan y cantan juntas como si más que beberse sus copas lo que quisieran es beberse el mundo. Me encanta ver lo mucho que se quieren y no termino de entender -creo que no termino de entender- los muchos colores que llenan sus melenas, sus ropas y sus brazos… pero aún así les sonrío, casi deseando que me sonrían de vuelta, antes de esquivarlas y correr a mi puerta.

Subo.

Dejo las bolsas en la cocina. Abro el armario. Lo cierro. Suspiro. No sé qué hacer para cenar. Comería cualquier cosa, pero no es tan fácil. Seguro que quiere carne.

Cierro la ventana. Ruido infernal de gente de verbena. No lo soporto. Cuando no es una procesión, un mercadillo. Siempre tienen motivos para un follón.

Voy a la habitación. La pintura está vieja. Espera. Esos son humedades. Respiro. Necesito ir al baño. Respiro. El espejo está sucio. Le tocaba limpiarlo hoy. Yo ya he hecho el salón. 

Necesito beber. Abro la nevera. No hay cerveza. Claro. Salí por ella y sin ella he vuelto. Pego un portazo.

Junto a la puerta del supermercado de mi calle, un grupo de música se ha apontocado para hacer vibrar la fiesta y me río por cómo el bajista y la baterista parecen estar contándose un chiste con la mirada mientras el guitarra se esfuerza en parecer relajado al dar las notas más altas.

Me entretengo saludando a mi vecina, la viuda del primero, que me recuerda que le debo una merienda y no puedo más que reírme porque los dos sabemos que no puede tomar azúcar ni cafeína ni comer a ciertas horas. Le prometo, sin embargo, que bajaré a ayudarle a arreglar la tele, que está muy fea, dice, y de todos modos no se entera, pero a ella le gusta ver la serie esa con los vestidos tan preciosos, esa de época tan maravillosa-

La interrumpo. Mi alarma nos interrumpe. Tengo que hacer la cena. Pero el qué. No tenía nada arriba. Ni cerveza. Ay, la cerveza. Vuelvo. Entro. Salgo. Pediremos algo. No quiero otra hamburguesa. O sí. Es más fácil.

Desde la puerta de casa, vuelvo a ver la pareja de antes, que ahora van muy juntitas, casi como si quisieran ser una nada más o más bien siéndolo, y que van de camino a algún lugar donde poder bailar mejor. Ojalá les pudiera recomendar un sitio, o mejor, miles, donde poder irse a hacer de todo menos estar en casa.

Vuelvo a casa. No hago la cena. Respiro. Hago la maleta.



domingo, 19 de abril de 2026

Un amigo

La otra noche, un amigo sufrió una crisis junto a mí.

Tuvimos que salir corriendo del bar y seguir andando sin destino. No sabíamos hacia dónde ir, pero sí de dónde alejarnos.

Cuando ya llevábamos un rato sentados de nuevo, lloró.

Y cuando lloró, yo escuché un llanto que pensaba que era solo mío. Un cortarse la respiración que pensaba que me pertenecía. Le escuché echarse la culpa como a mí más me gusta hacer.

La otra noche lloré por un amigo y por mí mismo y, después, la vida siguió.

sábado, 11 de abril de 2026

Si quieres, puedes hacer aquí una lectura sobre inmigración, feminismo, objetivización, responsabilidad afectiva, o básicamente cualquier cosa que te haga un poquito triste

Paseando con mi amigo, al que hace tiempo que no veo, en una ciudad que nunca fue mía; veo una bandada de pájaros bañándose en los charcos de un aparcamiento.

    Le pregunto qué pájaros son esos, como hipnotizado por sus colores, su canto, por cómo juegan entre ellos, llenos de vida.

    Me responde con desdén, a la bulla, que es una plaga nueva de la ciudad. Hay demasiados, dice. No son de aquí, sugiere.

    Ahora ya sé, porque necesité buscarlo, que son cotorras. Cotorritas.

    Un animal que pertenecía a alguien, cuyo destino era ser un bien preciado, lleno de color, amado por su obediencia y belleza.

    Ahora juegan, salvajes, en los charcos embarrados de una lluvia impertérrita, manchando sus colores de un pardo que les parece proteger mientras se quieren unos a otros. Se quieren porque son los unos de los otros.

    Digo que quiero volver a por mi libreta porque quiero escribirles un poema, pero, ¿qué puedo yo hacer si el poema ya son ellos mismos?

El anillo

Te preguntan cómo estás. Respondes que bien. Tu pulgar, sin embargo, ya está rascando tu anular. Como un perro rascando la puerta.

    Te marchas. No quieres que te pidan más explicaciones. Consigues pensar en otra cosa. Qué harás para cenar. Por qué es tan difícil cocinar para una sola persona. Cómo sería vivir sin tanto plástico.

    Pasa el tiempo. Te preguntan cómo estás. Respondes que muy bien. Porque has dormido. Porque no te duele la cabeza. Pero tu pulgar vuelve a rascar tu anular. Como un sepulturero cavando una tumba.

    Te distraes. Dejas de escuchar y te miras el dedo. Todavía la puedes ver: una sombra pálida. Fantasmal.

    Te costó mucho tiempo quitártelo. Te costó sufrirlo mientras seguía ahí. No puedes dejar de buscarlo.

    Aunque sabes dónde está. Aunque tú lo guardaste allí. Aunque tú lo condenaste a ese encierro en la oscuridad.

    Pasa más tiempo. Ya no te preguntan. Ves a alguien vendiendo alhajas por las terrazas. No valen mucho y menos vale el pasado, te planteas.

    Te preguntas cómo estás, vacilándote a ti mismo. Sonríes. Has vuelto a bromear a solas. Sigues estando sólo bien. Como cuando rascabas puertas y cavabas fosas. Como cuando llorabas con canciones alegres.

    Pero al menos ahora tu pulgar puede jugar con un anillo nuevo.


lunes, 6 de abril de 2026

De un ejercicio de taller, en el que mi cuerpo era territorio

En todo país existe un ejército pero, en este desierto que es mi cuerpo, más que el pacifismo, se practica la indefensión.

He aprendido a digerir lento,

a jugar con las manos

para que los puños ni asomen

y a que mis piernas adopten 

una postura

de aparente relajación.


He aprendido a sonreír al insulto

y a dar indulto 

a cualquier intento

de faltarme al respeto

o herirme el amor.


Porque, ¿qué amor 

pueden herir

si no me quiero ni yo?


Viniste a mí, 

sin saberlo los dos,

a conquistar mi cuerpo,

mi tierra, mi cielo.

A hacer tuyo 

mi corazón.


Decías que te gustaban 

lo que ahora entiendo

que eran montañas sinuosas,

aunque siempre fueron,

para mí, tortuosas 

cumbres de desolación.


¿Cómo osa esta persona extranjera,

pretender salvar cualquier cosa, 

de esta profunda fosa que es mi desesperación?


Lo siento,

aún no lo entiendo,

¿qué amor

puedes sentir

si no me quiero ni yo?