Te preguntan cómo estás. Respondes que bien. Tu pulgar, sin embargo, ya está rascando tu anular. Como un perro rascando la puerta.
Te marchas. No quieres que te pidan más explicaciones. Consigues pensar en otra cosa. Qué harás para cenar. Por qué es tan difícil cocinar para una sola persona. Cómo sería vivir sin tanto plástico.
Pasa el tiempo. Te preguntan cómo estás. Respondes que muy bien. Porque has dormido. Porque no te duele la cabeza. Pero tu pulgar vuelve a rascar tu anular. Como un sepulturero cavando una tumba.
Te distraes. Dejas de escuchar y te miras el dedo. Todavía la puedes ver: una sombra pálida. Fantasmal.
Te costó mucho tiempo quitártelo. Te costó sufrirlo mientras seguía ahí. No puedes dejar de buscarlo.
Aunque sabes dónde está. Aunque tú lo guardaste allí. Aunque tú lo condenaste a ese encierro en la oscuridad.
Pasa más tiempo. Ya no te preguntan. Ves a alguien vendiendo alhajas por las terrazas. No valen mucho y menos vale el pasado, te planteas.
Te preguntas cómo estás, vacilándote a ti mismo. Sonríes. Has vuelto a bromear a solas. Sigues estando sólo bien. Como cuando rascabas puertas y cavabas fosas. Como cuando llorabas con canciones alegres.
Pero al menos ahora tu pulgar puede jugar con un anillo nuevo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario