sábado, 11 de mayo de 2024

Menudencia segunda (La plaza)

Ahora la plaza donde me crie está a rebosar de árboles y macetas que la colman de colores. Todavía pienso que ha perdido todo lo que la llenaba de luz.
    Antes era una plaza que se escondía bajo gravilla y losetas que habían vivido demasiado y niños que habían vivido muy poco, los cuales berreaban, gritaban y disfrutaban allí siempre que podían. Cuando no olía a sudor, era porque el incienso salía de la iglesia para hacerle un favor a la gente y, en ese momento, los adultos aunaban su murmullo a los juegos de los jóvenes. El suelo ardía en verano y helaba en invierno, pero eso no le importaba a un adolescente tonto que conocía a su primer amor en un lugar, pensaba, como otro cualquiera.
    Las losetas las renovaron hace un tiempo, ocultando la gravilla, y ahora ya no estorban ni duelen tanto al caer sobre ellas, sino que combinan con la flora. El olor es más bien un amigo que presenta a uno al sabor de la franquicia de pan y dulces de la esquina y a las carnes y verduras a la brasa de los restaurantes que tratan de invadir el lugar con sus terrazas. Ya no suenan tantos los niños gritando, sino el tropel de turistas admirando la iglesia que duerme y la fuente que borbotea.
    Antes era vejez y conformismo, pero nos tenía a nosotros.
    Ahora sólo tiene árboles y macetas y nadie que la viva de verdad.


1 comentario:

  1. En este ejercicio, he tratado de realizar una descripción lo más vívida posible (a través de los cinco sentidos) utilizando los menos adjetivos y adverbios que pudiera. El tema no importa para ejercitarse, lo que importa es si soy capaz de transportarte al lugar.

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