Before I met her,my stories werepractically always
about one thing,
really, weren't they?Love.The inevitability of love.
Before I met her,my stories werepractically always
about one thing,
really, weren't they?Love.The inevitability of love.
Gracias por escucharme.
Plateado y exacto.
Me gustaría a escribir poemas aprender.
Pero si con la poesía
no diría
todo lo que este alma mía
siente por tu ser...
¿Qué diría?
¿De qué valdría?
¿Qué podrían
palabras lentas y profanas
a tu oído ausente parecer?
He estudiado
a Neruda, a Garcilaso
y ya de paso,
a Cernuda y a algún francés.
Me he entretenido con Miguel Ángel
y con Picasso,
aunque no venga al caso,
porque ya puestos...
ya... ¿pa' qué?
Y así mi ser,
me he metido en la mimética,
emulando su fonética
y a veces hasta su métrica
para de sus cantos beber...
Pero me desdigo con mi técnica
¿No parece, más que estética,
un trabajo de esteticién?
(Perdón, lo digo sin ofender.)
Me gustaría a escribir poemas aprender.
No por vanagloriarme
ni méritos darme.
Ya ves que no consigo
cuatro rimas juntas tejer.
Pero es que
¿y si no, cómo te digo,
que tus palabras son mi abrigo,
que sin ti yo me fatigo
y por desgracia ya me olvido
de cómo decir suspigo?
¿Que en tu ausencia me desmigo
y en tu presencia fuerte sigo,
y que un futuro contigo
no sé rimar si no es conmigo?
Me gustaría a escribir poemas aprender,
pero con que sepas que te quiero
creo que me conformaré.
<<Si fue la mar quien dio luz a mi infancia,
que sea la mar quien me vea morir.>>
La canción del pirata. Suburbano.
Dos días después, en un puerto no muy lejano, una aprovisionada barca pequeña se despedía de un galeón español dirección a Saint-Domingue.
<< Que suenen los cañones.Que explote la pólvora a borbotones.Que suenen los cañones.Que la tripulación se moje,se arroje a la batalla sin temores,se ganen las heridas con honores. >>
Una de piratas. SFDK y Mala Rodríguez.
El día del nombramiento de Nuño a alférez de navío resultaría un día en que nadie ascendería a alférez. Tampoco llegaría a puerto la Santa Paloma, aquella majestuosa nave de la Armada, pues, como entendió Nuño unos segundos después de despertarse, ésta estaba siendo abordada en mitad de la noche.
— ¡A las armas! ¡Todo el mundo arriba! ¡Esto no es un simulacro! —la voz del contramaestre retumbó por la madera ya mientras Nuño estaba saltando a su posición.
Miró alrededor mientras las fuerzas de la Armada empezaban a funcionar como un reloj bien engrasado. Desde los camarotes generales, poco se podía adivinar de qué enemigo les estaba atacando pero, conforme subía las escaleras a la cubierta junto a sus compañeros, pudo distinguir las figuras de más de un desarrapado pirata.
— Joder —maldijo por lo bajo antes de sacar su espada y defenderse de un enorme bárbaro que se le echaba encima. En mitad de la noche, la cubierta ofrecía un caos difícil de entender. — ¿Cómo han llegado a abordarnos tan rápido?
Nuño apenas estaba consiguiendo defenderse y contraatacar con su filo, pero le parecía mejor opción que los arcabuces y escopetas que unos y otros intentaban sacar a relucir. Con uno de esos, bien podías no darle a nadie o, peor, darle a uno de tus aliados.
De repente, entre el chocar de filos y relucir de las antorchas, vio cómo un intruso pasaba por la puerta que llevaba al rudimentario calabozo de la nave. El aspirante a alférez esquivó a un hombre de tez oscura que no paraba de gritar en francés y corrió en dirección al calabozo, agradeciendo que practicamente nadie le prestara atención.
Al llegar al final de las escaleras, descubrió al pirata entrometido tratando de forzar la puerta que impedía que salieran los prisioneros: varios ingleses que habían sido capturados por delitos contra el Imperio y un viejo español que, en ese momento, miraba sentado con una sonrisa cómo se desenvolvía la escena.
Nuño no perdió el tiempo y corrió hacia el bucanero. Le pateó el hombro para intentar derribarlo, pero el forajido ya se estaba dando la vuelta para encararle y apenas pareció inmutarse.
El pirata se rió despectivamente antes de alzar su propia espada y blandirla como un látigo. Nuño se veía en un apuro contra un enemigo más fuerte. Intentó aplicar las maniobras de combate que había practicado tanto en el ejército, pero eran difíciles de concluir contra un enemigo que, en vez de practicar, quería matarte con todas sus ganas.
Ataque frontal aquí, giro allá, Nuño se iba cansando mientras las risotadas del sucio pirata resonaban más y éste se encontraba más cerca de acertarle un sablazo.
En un último momento de desesperación, Nuño dio dos pasos a la derecha y fintó un ataque que obligó al bucanero a cubrir su flanco izquierdo, dejando el otro descubierto. Nuño le dio una patada sin merced y, antes de que recobrara la compostura, clavó su espada en el hombro con que el pirata sostenía la espada, forzándole a soltarla.
— En nombre del Imperio Español y de la flota de la Santa Paloma, quedas detenido —dijo con aire de autosuficiencia, aunque aún jadeando, antes de derribarle del todo.
El pirata gruñía y se retorcía de dolor mientras refunfuñaba palabras en un idioma que no alcanzó a reconocer el soldado. Éste no se atrevía a abrir la celda pues, dado el pandemonio de la cubierta, los presos no dudarían en rebelarse contra él.
— Has peleado bien, muchacho. Es una lástima que sólo se te dé bien quitarle su libertad a otros. —El preso español presentaba una sonrisa tan afable que, en esa situación, no podía resultar sino burlona.
— Cállate tú —saltó inmediatamente Nuño, soliviantado—, que yo trabajo para garantizar la libertad de la gente de bien.
— Lo que tú digas, pero aquí hay más presos que indemnes y tú eres el menos libre de todos nosotros.
Nuño, aún encendido por la pelea, estuvo a punto de abrir la celda del preso sólo para atizarle, pero se detuvo cuando escuchó un disparo especialmente cercano. A los dos segundos, un cuerpo cayó por las escaleras hasta donde se encontraban.
Raudo y veloz, el soldado imperial atizó con el mango de su espada al pirata del suelo para tratar de dejarlo inconsciente y, así, poder prepararse para el siguiente asalto. Sin embargo, lo que bajó por las escaleras no fue ni uno, ni dos enemigos, sino prácticamente la mitad del barco pirata que les había abordado, inundando la mazmorra.
Nuño se planteó luchar hasta la muerte, dándose ya por perdido, pero, conforme se dio la vuelta, vio que ya había alguien que le tenía bien impedido. Una muchacha joven, pelirroja y que nada tenía que ver con la panda de rufianes que la rodeaban, le había dejado totalmente boquiabierto y, sin inmutarse, había sacado su propio estoque para amenazarle a la garganta.
Nadie habló durante unos segundos y, antes de que Nuño pudiera defender su honor con alguna palabra más alta que otra, bajó las escaleras al que, finalmente, reconoció como al capitán de los piratas.
— ¿Queda un tonto de estos? ¿Por qué no lo has matado aún, Val? —Su voz era ronca y profunda, con un acento extraño, pero mostraba más hastío que auténtica hostilidad—. Venga, mátalo. ¡Y vosotros sacad de ahí a esos tres hijos de perra! Que tengo que hacerles unas preguntas.
Nuño se mareó un poco, aún con el filo de la tal Val amenazándole. Por primera vez, parecía estar mirando a los ojos a la muerte y no podía hacer nada por defenderse.
— ¿Soy el último? —Escuchó su propia voz salir de su boca sin pensar en absoluto.
El capitán pirata mostró una sorprendida sorpresa a través de su greñuda barba. No se le veía muy bien por la oscuridad de la habitación pero un diente de oro relució casi tanto como sus ojos al escuchar la voz del soldado.
— Sí, muchacho —respondió—. Habéis venido a jugar a los soldaditos a las aguas equivocadas y quien se cruza conmigo acaba muerto. Pero ole tus cojones por saber qué era lo que venía a buscar. —Su mirada hacia los presos piratas dio el tiempo perfecto para que su tripulación le riera la gracia.
— Dejadme vivir —Nuño no se creía su propia osadía, pero era su última oportunidad—. Dejadme ser el último superviviente y yo transmitiré la leyenda del pirata que sois.
Ahora las risas fueron mucho más estrepitosas y escandalosas, lideradas por el propio capitán pirata.
— ¿Te crees que me hacen falta tus loas, zopenco? —El pirata le cruzó la cara de un bofetón, pero después mandó a callar a su séquito. —¿Te crees que hay alguien en todo el océano que no conozca mi nombre? ¿No te suena de nada Kavell el Temido? ¿Eh?
Nuño empezó a ver su vida pasar delante de sus narices mientras el Temido, cuyo nombre él sí conocía bien, le zarandeaba y escupía a la cara en una arranque de torrencial ira… aunque pronto ésta amainó.
— Pero me gustan tus cojones, ya te lo he dicho. —El pirata, sonriente, tiró de la pechera del soldado y lo arrojó al suelo para luego dirigirse a otro pirata—. ¡Tiradlo por la borda! Eres libre de nadar todo lo que quieras en el mar, muchacho.