jueves, 19 de marzo de 2026

Del doce de febrero

He conseguido llorar solo.
Creo que no lo hago 
para darle pena a nadie.

Sin embargo,
me enfrento a un enemigo mayor.

Porque me hallo en desconsuelo.
Miro arriba y solo veo el suelo.
No respiro, ni me miro, porque duelo.
Ya hace tiempo que no vuelo.

Ya lo tengo.
¿Es esto lo que quería?

Ya te estoy guardando duelo.

lunes, 16 de marzo de 2026

El pasado sábado

El pasado sábado sucedió
el fin del fin del mundo 
(o eso daba la sensación).

Ya no hay un sólo tú poético
y se me aligera la respiración.

El pasado sábado grité,
lloré y me pidieron perdón.

Sabe demasiado fuerte
lo amargo de la retribución,
pero ayuda acompañarlo
con ese viejo dulzor
que es tu presencia.

El pasado sábado
estaba peor
y, ahora,
aunque sea lunes,
estoy algo mejor.

jueves, 29 de enero de 2026

Menudencia cuarta (Protagonista)

    Yo no quería convertirme en un personaje de ficción. No quería y no quiero. Ahora toda mi vida se convertirá en mero contexto. Yo no «me las apaño con la cocina». Lo intento día a día y es la única manera de sobrellevar el-

    ¡Que no!

sábado, 29 de marzo de 2025

Menudencia tercera (Cosardillas)

Considérese a las cosardillas. Animales completamente imaginarios, inventados y, en definitiva, inexistentes. Una no tendría por qué sentir el más mínimo miedo de que la descubran. Si no existes, no te pueden descubrir; se diría una cosardilla. Si existiera. Aunque no lo hace.


Sin embargo, una cosardilla lo suficientemente desventurada para acabar junto a la tanteante mano de un joven humano también podría considerar que, aún sin descubrirla, la podrían atrapar. Sin descubrirla, podrían pensar que es una ardilla mundana y ordinaria y, una vez más, sin descubrirla; podrían estrujarla de puro susto. Susto de ambos, cabría matizar.


Una cosardilla, en el hipotético e imposible caso de existir, podría entonces pensar que su única salida es la guerra y que más vale morir como una valiente y ligeramente inexistente cosardilla que vivir como como una cobarde y totalmente inexistente cosardilla.




Simón, alertado por la súbita presencia de lo que llevaba un rato convenciéndose de que no podía existir, retiró la mano lentamente del agujero.


– ¿Has encontrado algo? – Preguntó Sara, asustada.

– ¿Eh? Ah, mm… no, no. No hay nada ahí dentro que agarrar.

– ¡Oye! ¡Te sangra el dedo!


miércoles, 4 de diciembre de 2024

To J.R.R.

Before I met her,

my stories were

practically always

about one thing,

really, weren't they?

Love.

The inevitability of love.

sábado, 1 de junio de 2024

Reflejo de un poema

 Gracias por escucharme.


Plateado y exacto.
Sin prejuicios.
No cruel, sincero.
De un pequeño dios de cuatro ángulos
veo el ojo.

Es un orbe profundo e ilusorio
que urde ante mí el reflejo
que veo surgiendo en el espejo.
Es mi sueño, gastado repertorio.

Sin poder salir de un sueño,
sin imitar ese insaciable hambre,
sin describir lo más pequeño
porque no puedo escribir a lo grande.

Para poder serme sincero
aprendí a acallar los peros
y, como no me lo creía,
me dije que me quiero.

Soy débil y me tengo miedo.

Oso mimoso
yo soy.
Orar raro
yo soy.
Ateo poeta
yo soy.


O-R-E-M-I-F-E



No sabía cómo mirarme,
así que traté de ponerme frente a frente
contra un espejo.
No fue suficiente.
Añadí otro espejo
Y en él, demente,
vi el reflejo de un reflejo.

Resulta evidente
que no soy diferente
a la irreverente corriente
de los residentes  de este nuestro presente.

Echadle un vistazo
a mi mente:




E-F-Í-M-E-R-O


Yo soy
ateo poeta.
Yo soy
orar raro.
Yo soy
oso mimoso.

Soy débil y me tengo miedo.

Me dije que me quiero
y, como no me lo creía,
aprendí a acallar los peros
para poder serme sincero.

Porque no puedo escribir a lo grande
sin describir lo más pequeño,
sin imitar ese insaciable hambre,
sin poder salir de un sueño.


Es mi sueño gastado repertorio que veo surgiendo en el reflejo que urde ante mí el espejo. Es un orbe profundo e ilusorio.

Veo el ojo
de un pequeño dios de cuatro ángulos.
No cruel, sincero. Sin prejuicios.

Plateado y exacto.



Gracias por escucharme.

sábado, 18 de mayo de 2024

Por qué no elucubro

    En múltiples ocasiones, a lo largo de mi no tan extensa vida, me he topado con unos y otros elucubrando acerca del pasado y su influencia en el presente, el futuro y, ya puestos, en el destino en general.

    <<Si no me hubiese casado con mi pareja, ahora sería una persona distinta y más feliz.>>
    <<Si me hubiera tocado ese premio, ahora mis problemas serían más livianos.>>
    <<Si no me hubiera equivocado con el trabajo, mi futuro sería mucho más tranquilo.>>

    ¿Y tú qué sabes?

    A ver, no digo que no se puedan elucubrar cambios pequeños del, llamémosle, destino. Puedo vaticinar con cierta confianza que, si no me hubiera sonado hoy la alarma, me habría quedado durmiendo bastante tiempo más, de la misma manera que, si no llego a tener la comida preparada al volver a casa, probablemente habría comido menos y de peor calidad.

    Vale, hasta ahí bien.

    ¿Pero merece la pena detenerse en el pasado? ¿Merece nuestro tiempo de vida en el presente jugar a observar irrealidades de mundos alternativos que no son más que fruto de nuestra desazón en el presente? ¿Podríamos llegar nunca a cambiar nada de lo que ya ha pasado?

    El hecho de que sepamos cómo resultó un evento del pasado ahora que ya ha sucedido no implica que siempre sepamos con seguridad lo que podría haber sucedido con otros factores alterando el curso. Vale, podrías estar mejor. ¡O podrías estar peor! La cuestión es que no serías el tú que eres ahora, ¿no?

    Filósofos estoicos como Marco Aurelio o Epicteto lucharon (sin alterarse, eso sí) constantemente contra este tipo de engaños del subconsciente que nos impiden disfrutar de la vida que tenemos, por mala que sea. Es decir, abogaban por aceptar el presente y resignarse ante lo inevitable (aunque eso pueda llevar a los poco virtuosos a resignarse ante otras cosas sí evitables).

    Muchas otras corrientes filosóficas, aún si no las conozco tanto yo mismo, me apoyan en mi empeño: el existencialismo, el pragmatismo, el nihilismo... La religión budista encuentra el pasado como sólo una ilusión tentadora y, según le permitamos, perniciosa. Decía Buda Gautama:

    <<No insistas en el pasado, no sueñes en el futuro, concentra tu mente en el momento presente>>

    No extenderé mucho más esta publicación para defender mi postura, pero sí me gustaría mucho terminar con mi más queridísimo autor de fantasía, Terry Pratchett, al que le debo risas y lágrimas y que, con sus enseñanzas póstumas, me acompaña. Hace poco leí en Lores y damas, el decimocuarto libro de su saga de Mundodisco, un fragmento que reflejaba esta idea de forma soberana:

    <<—¿Nunca te has preguntado cómo habría sido la vida si hubieras dicho sí? —quiso saber Ridcully.
    —No.
    —Supongo que habríamos echado raíces en algún sitio y tenido hijos, nietos, esa clase de cosas…
Yaya se encogió de hombros. Era la clase de cosa que decían los idiotas románticos. Pero aquella noche había algo en el aire…
    —¿Y el incendio qué? —dijo.
    —¿Qué incendio?
    —El que consumió nuestra casa justo después de nuestra boda. El que nos mató a los dos.
    —¿Qué incendio? No sé nada de ningún incendio.
    Yaya se volvió hacia él.
    —¡Claro que no! No ocurrió. Pero lo importante es que podría haber ocurrido. No puedes decir que si esto no ha ocurrido entonces habría ocurrido aquello otro, porque no sabes todo lo que podría haber ocurrido. Puedes pensar que algo habría estado muy bien, pero por lo que sabes podría haber resultado horrible. No puedes decir «Ah, si yo hubiera…» porque entonces podrías estar deseando cualquier cosa. Lo importante es que nunca lo sabrás. Lo has dejado atrás, así que no sirve de nada pensar en ello. Por eso no pienso en ello.>>