Considérese a las cosardillas. Animales completamente imaginarios, inventados y, en definitiva, inexistentes. Una no tendría por qué sentir el más mínimo miedo de que la descubran. Si no existes, no te pueden descubrir; se diría una cosardilla. Si existiera. Aunque no lo hace.
Sin embargo, una cosardilla lo suficientemente desventurada para acabar junto a la tanteante mano de un joven humano también podría considerar que, aún sin descubrirla, la podrían atrapar. Sin descubrirla, podrían pensar que es una ardilla mundana y ordinaria y, una vez más, sin descubrirla; podrían estrujarla de puro susto. Susto de ambos, cabría matizar.
Una cosardilla, en el hipotético e imposible caso de existir, podría entonces pensar que su única salida es la guerra y que más vale morir como una valiente y ligeramente inexistente cosardilla que vivir como como una cobarde y totalmente inexistente cosardilla.
Simón, alertado por la súbita presencia de lo que llevaba un rato convenciéndose de que no podía existir, retiró la mano lentamente del agujero.
– ¿Has encontrado algo? – Preguntó Sara, asustada.
– ¿Eh? Ah, mm… no, no. No hay nada ahí dentro que agarrar.
– ¡Oye! ¡Te sangra el dedo!